El jainismo viaja a pie

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Templo jainista de Ranakpur./ Indra Kishinchand

Se calcula que en el mundo se superan a diario los 100.000 vuelos. A uno de eso vuelos se subió una vez un monje jainista que deseaba cumplir una misión religiosa en Estados Unidos. Los jóvenes de su misma religión rodearon el aparato que salía de Bombay con la intención de detener aquel vuelo. Finalmente, el avión despegó, y el monje dejó de ser considerado como tal por todos sus compatriotas.

El jainismo es una religión que se practica en la India por el 0.5% de la población, lo que supone que cinco millones de personas se declaran jainisitas. Según sus preceptos, los monjes no pueden subir a un avión, porque sus alas cortan el viento y trituran el aire. Este es uno de lo muchos ejemplos de “la religión de las exageraciones”, tal y como ellos se definen. Quienes pertenecen a este grupo saben que sus principios filosóficos deben cumplirse con todas las consecuencias, si bien existen normas más estrictas para los monjes que para las familias jainistas.

Son precisamente los religiosos quienes, tras su proclamación como tal, añaden a sus votos la movilidad. No pasan más de tres días en una ciudad y sus templos se convierten en sus hogares. Esta peregrinación constante es el reflejo de su búsqueda y de sus ansias de dar ejemplo no con sus palabras, sino, sobre todo, con sus actos. La estancia regular y permanente en un lugar les llevaría a la acumulación de bienes y uno de sus principios básicos es el de limitar las posesiones materiales. Y es que el problema no es tener objetos, sino apegarse a ellos. Solo incumplen esta regla en la época de lluvias. El agua invade el aire y la tierra de insectos que podrían morir con el andar de los monjes.

Uno de los templos que se vuelve hogar para los religosos es el de Adinath, cerca de Ranakpur, en el estado del Rayastán y a 90 kilómetros al norte de Udaipur. Adinath y sus 420 columnas de mármol blanco (todas ellas diferentes entre sí) reciben con frecuencia a los turistas asombrados por la obra arquitectónica que contemplan. Todos los visitantes, independientemente de su lugar de origen, tienen que acatar unas normas muy claras; el templo jainista más grande de la India no admite en su interior ninguna prenda fabricada con materiales de procedencia animal.

Esta restricción se entiende gracias a sus tradiciones. Los jainistas no son únicamente vegetarianos estrictos, sino practicantes de la no violencia en todas su facetas. No comen tubérculos por el dolor que este acto puede producirle a la tierra y, antiguamente, filtraban el agua de los pozos para evitar tragar microorganismos al beber. Los monjes jainistas, por su parte, se tapan la boca con un trapo blanco y es habitual que contar a los turistas que esta costumbre evita que ingieran insectos inconscientemente. La realidad es que, al igual que ocurre con las alas del avión, la pronunciación puede dañar el aire. Son ellos quienes también barren el suelo antes de sentarse, con la intención de no matar a ningún ser vivo en el acto.

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Jain quiere decir conquistador./ Indra Kishinchand

El templo de Adinath se construyó en el siglo XV por orden del comerciante Dharnak Shah. La layenda cuenta que Shah decidió construir el complejo tras un sueño y debido a su deseo de hacerlo realidad convocó a los mejores artistas del momento. Fue Depak, un escultor de la época, quien presentó el proyecto que más se asemejaba a la visión del mercarder. Actualmente, la superficie de más de 4.300 metros cuadrados, repartidos en 29 salas, se encuentran prácticamente intactos al paso del tiempo y de los visitantes.

Aún hoy es frecuente que, como ocurrió en Ranakpur, los grandes comerciantes jainistas dediquen sus ganancias a la construcción de templos. También suelen inveritr sus fondos en la reconstrucción de los mismos, en becas educativas, en ayudas alimentarias… En la India se suele decir que no hay jainista pobre, y es que es precisamente su afán de liberación y desprendimiento del mundo material es el que les hace compartir sus bienes con su comunidad.

Adinath es el nombre del complejo de Ranakpur debido al fundador de jainismo y que vivió durante el siglo IX a.C, aunque el más conocido de los profetas de esta religión es Mahavira (siglo VI a.C), contemporáneo a Buda y el último de los veinticuatro denominados los Trithankaras, o lo que podría traducirse como “el que muestra el camino”. A lo largo de estos años de historia, los religiosos jainistas han elaborado una serie de normas que tienen su culmen en los cinco preceptos básicos: no mentir, no poseer nada, no desear poseer nada, no causar molestia a nada ni a nadie, y asumir una absoluta castidad.

Pero dentro del jainismo existen diferentes corrientes, entre las que se podrían destacar dos: los swetámbaras (vestidos de blanco), que llevan la ropa sin coser para demostrar su desapego hacia ella, y los digámbaras (vestidos del cielo) que no llevan ningún tipo de prenda en su cuerpo y comen únicamente una vez al día.

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Los sacerdotes brahmines gestionas los templos jainistas./ Indra Kishinchand

Sin embargo, todos los jainistas tienen algo en común: no creen en Dios. Son no teístas y no creen en una divinidad única, en un creador, en un protector, en un destructor. No creen en Dios “simplemente” porque incluso el pensarle sería un agravio indigno de un ser como él. Existen religiones que prefieren no nombrar a su Dios o no representarle, y los jainistas intentan ni siquiera imaginarle. Entonces, ¿a quién rezan? Los practicantes de esta religión rezan a las imágenes de los jinas (personas que son modelo de todo jainista asceta), los arihants (maestros o almas liberadas) y los tirthankaras y leen sus escrituras. Además, la oración se considera un momento de encuentro con uno mismo y de reflexión personal, un examen sobre la propia conciencia sin la necesidad de interacción con un dios.

El jaininismo, gracias a su madre, fue una de las grandes influencias de Mahatma Gandhi, quien adoptó su principal enseñanza: el principio de ahimsa. Lo que hoy en día se conoce como la no violencia se practica por la religión jainista desde sus inicios y se vio reflejado en el papel que cumplió Gandhi en la independencia de la India. Entonces no quiso únicamente separarse de Gran Bretaña, sino formar un gran estado que fuera capaz de olvidar las divisiones religosas.

tenía por costumbre guardar silencio algunos días al año. Fue una de estas jornadas, unos meses antes de ser asesinado, cuando le plantearon la cuestión de cómo resumiría su mensaje y, en definitiva, sus enseñanzas. “Mi vida es mi mensaje”, respondió en un papel.

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