La rutina del viaje como fruto prohibido

Días de viajes-Relatos en primera persona”, Aniko Villalba        

días de viajes
Foto: Viajando por ahí

 “…dejar todo para viajar es un universo de lágrimas, es aquella tristeza y belleza que necesita ser descubierta para que los hombres puedan escribir de ella…”  

(B. Panno)

Aniko Villalba es una escritora argentina, una simple “bloguista” para algunos, una periodista de viajes para otros y un punto de referencia para muchos. Con sólo 23 años Aniko concretiza la más grande de sus pasiones, viajar y, a la hora de publicar su primer libro en 2013 cuenta ya con más de 1500 días de viaje en 30 países diferentes. En Días de viaje, de hecho, el lector establece una fuerte empatía con los sentimientos que la escritora prueba a lo largo de sus exploraciones.
Viajar trabajando, esto es el tema principal de la obra sobre el que se insiste cada vez más: ¿Es posible vivir de un blog? Es posible vivir de tus propios viajes, renunciando a una rutina casi prestablecida de 8 horas de trabajo diarias? El libro nos dice que sí, que nada es imposible si se ganan los miedos y los prejuicios. Aniko desvela abiertamente cómo ha podido hacer de su sueño más grande un trabajo. Terminada la carrera de Comunicación se atrevió a cumplir lo que todo el mundo siempre había considerado un capricho demasiado ambicioso, y se fue de viaje por Argentina, solamente provista de una mochila, de un ordenador, de una cámara de fotos y de los ahorros de una vida. Decidió quedarse sólo 15 días al año en Buenos Aires y pasar los restantes dando vueltas por el mundo, aglutinando el placer de viajar al trabajo de escritora y fotógrafa, yendo en contra de lo establecido por la sociedad contemporánea. Lloró de miedo antes de lanzarse en ese viaje de sólo ida, así como ahora llora la vuelta, cada vez que se ve obligada a regresar a su país.
Aniko reivindica su posición social y profesional y no omite sus dudas, sus sufrimientos, sus agotamientos. No omite, Aniko, aquella vez en Guatemala cuando se enfermó de dengue y tuvo que pasar sus últimos días de viaje en un hospital. Al revés, tras los miedos y la tristeza, reconoce que sus jornadas en la clínica fueron una de las mejores experiencias de viaje que tuvo, por haber encontrado un rincón de Guatemala en su lado más humano, lejos de los mapas y guías turísticos. A través de Aniko se aprende que “son las personas y las experiencias que dan vida a un lugar, y que no es lo mismo ir primero a Tailandia y después a Malasia, que ir primero a Malasia que después a Tailandia, porque no es posible no comparar el país del que acabamos de salir con el al que acabamos de entrar”. Quizás, si ella antes no hubiese estado en la moderada Malasia y en la turística Tailandia, no habría podido apreciar de igual manera el efecto “blue” (debido al aspecto de extranjera) de Indonesia, ni habría podido gritar con todas sus fuerzas que un ladrón le había robado la mochila en el tren, y obtener la justicia. Quizás, si se hubiese acostumbrado poco a poco a viajar por China, su primer impacto con Chengdú, no habría sido tan brutal y su ánimo no se habría desalentado de manera tal de lamentar su decisión.
Desde Aniko se aprende que cada ciudad, cada sitio, aun el más lejos esconde en sí una nueva casa, un nuevo hogar, una nueva familia. El lector conoce a Mohamed, un bereber de veintidós años de origen nómada, que desde los catorce trabaja con los turistas, gracias a los cuales ha podido aprender varios idiomas sólo escuchándolos hablar. Mohamed es, igual que Aniko, un viajero del espíritu, que prefiere el desierto y el cielo estrellado a un domicilio fijo en un pueblo. Los dos viven de las experiencias de los otros, de la misma manera en que los aspirantes viajeros se nutren de los cuentos de Días de viaje.
El cierre de la obra se presenta así curioso: bajo un estilo quizás demasiado redundante y un lenguaje excesivamente sencillo, Aniko alude a la concepción onírica del viaje. Es onírico su llegar a Europa, ir a España y conocer a su familia asturiana, enamorarse perdidamente de “Carcelona” (Barcelona) y sobre todo poder viajar por trabajo cinco días a Laponia, una tierra tan imaginaria de la que nunca pensaba poder sacar foto y escribir relatos. Aniko se pregunta justamente “si todo esto no es el sueño de una chica que una vez, a los veintiún años, se quedó dormida en algún lugar de Bolivia y nunca más se despertó”. Lo único que diferencia esta realidad del sueño es la depresión post-viaje que la escritora vive cada vez que le toca volver a su país. Buenos Aires se transforma en el único sitio en el que no quiere volver nunca, donde todo le extraña y donde la expresión perdida imprimida en su cara a la hora de vagabundear por las calles de su metrópoli hace que sean los mismos compatriotas a preguntarle “Where are you from?”.
¿Es el estilo de vida conducido por Aniko ético? Ser viajero es quizás uno de los desafíos más grandes de la contemporaneidad. Aniko lo pone en claro: no hay una única manera de concebir el viaje, sino es importante que cada uno elija su manera de emprender su camino. Eso implica lucha, ánimo, dolor, renuncia, anticonformismo, aceptación. Todo tipo de viaje es ético si en primer lugar se desaprende a desconfiar de los demás. De la misma manera en que la que la conciencia común desconfía del ambicioso, el buen viajero tiene que aprender a desetiquetar y a dejarse llevar por los nuevos universos que se le presentan delante.
Asimismo, un viaje ético, es un viaje digno de ser contado. No hace falta ser periodistas para relatar un viaje, pero sì que hace falta vivir emociones y asombrarse delante de lo desconocido, desarrollar pensamientos, puntos de vista, debatir sobre lo que se cree y que se aprende. Un viaje se vive, pero sobre todo se transmite a los otros para que llegue a ser real, para que se aprenda a valorar, y se deje de perjudicar. Aniko no se equivoca cuando dice que el mundo es un lugar muy hospitalario y que las muchas diferencias que lo componen nunca llegarán a ser tantas como las semejanzas.
Last but not least, es importante osar en la vida. La mayoría de la gente en el mundo se ha plegado delante del conformismo, aceptando lo más fácil, lo más común, desarrollando la mentalidad trabajo-casa-familia-jubilación. Tal vez dentro de esta mayoría existe otra, suprimida y olvidada, que habría querido hacer de su existencia algo diferente, pero que no se ha atrevido a arriesgar. Muchas veces las críticas dirigidas hacia otras personas no son otra cosa que el eco de nuestra voluntad reprimida, y encarcelada en la convencionalidad. Es opinión común que si Adán no se hubiese comido ningún fruto prohibido la humanidad no hubiera existido. También es opinión común que si nadie nos hubiese enseñado a arriesgar no podríamos hablar de relatos de viaje.

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