Vértigo, el abismo del Yo

Siddhartha, Herman Hesse
Seth Anderson/ CC Foto: Indra Kishinchand

En cierta ocasión, la madre de Hermann Hesse confesó que ella y su marido se sentían demasiado débiles para cuidar a su hijo, rebelde e inagotable; esta fragilidad, unida a la desobediencia del pequeño Hesse, provocaría en él una revolución interna, una tormenta de verano para la que era demasiado joven y, tal vez, demasiado ingenuo. Pero la ira y la impaciencia se canalizaron en palabras como las que pronuncia Siddhartha, un escrito basado en la vida de Buda que bien podría ser una autobiografía velada.

“Muchas cosas me ha quitado Buda, pero me ha regalado a mí mismo”, asegura Siddhartha. Una sentencia en la que es posible reemplazar Buda por la vida y con la que todo ser humano se sentiría identificado.

Esta es, en definitiva, una de las grandes aportaciones de Siddhartha: el lector es capaz de reconocerse en un personaje lejano en el tiempo (la novela se desarrolla unos quinientos años antes de Cristo en la India) y que, sin embargo, comparte las mismas preocupaciones que quien se acerca a él pasados ya los siglos. Siddhartha confiesa: “¡No hay nada en el mundo que conozca menos que a mí mismo, a Siddhartha!”. Y es precisamente ese afán de buscar el Yo el que mueve a todo viajero. Aquel que se pregunta quién es parte para encontrarse en y con los otros, para liberarse de sus recelos y lograr sus anhelos en el camino.

“El que nada sepa de mí, el que Siddhartha me haya parecido siempre tan extraño y desconocido, proviene de una sola causa: ¡el miedo a mí mismo, la huida ante mi propio ser!”. El personaje principal de la novela encuentra la raíz de su sufrimiento y para paliarlo no hace solo un recorrido físico sino, el que es aún más importante, uno espiritual. Su periplo incluye un tiempo con los samanas, un encuentro con el propio Buda, una vida de amor y lujo, muy alejada de la existencia asceta prevista para el hijo de un brahmán, y un final como barquero en el río que un día también le vio partir.

Siddhartha no quiere ser reflejo de nadie y, en este sentido, todos sus actos están dirigidos a buscar su doctrina, a vivir lo que otros han contado. Pero se olvida que no siempre se puede crear, sino que a veces hay que creer. Se olvida también que la sabiduría no es solo experiencia sino también imaginación. Si solo fueran válidos los hechos empíricos, ¿no serían entonces inútiles las palabras? Benjamín Prado manifiesta en uno de sus libros su convicción de que “lo que no ha sucedido también tiene su historia”; un periodista viaja para narrarlo, para que quienes no se puedan trasladar físicamente también tengan su historia.

Todo cuento también tiene (casi siempre) un final. La gran lección de Siddhartha es aquella que dicta a su querido amigo de la infancia durante su último reencuentro: “el amor, Govinda, me parece la cosa más importante que existe. […] lo único que persigo es poder amar al mundo, no despreciarlo, no odiarlo ni odiarme a mí mismo, poder contemplarlo (y con él a mí mismo y a todos los seres) con amor, admiración y respeto”. Es así, rodeado de un río que habla y un camarada fiel, como Siddhartha halla la paz en la vida. Con un corazón reparado y con la convicción de que, por fin, ha logrado entender que él era el comienzo y el destino.

Siddhartha
Foto: Indra Kishinchand

Consejos viajeros basados en Siddhartha

  1. Encuentre la soledad aunque viaje acompañado. Un viaje es una oportunidad para conocer(se). También en compañía de otros. Halle siempre un tiempo para reflexionar sobre lo que ha vivido y sentido y canalice sus pensamientos en forma de palabras, fotografías…
  2. Intente hallar el equilibrio entre buscar y encontrar. No se desplace a ningún lugar sin un objetivo, pero no deje que este le ciegue. Esté abierto a cambiar de ruta, de horario, de transporte… Establezca unas prioridades y recuerde su esencia, aquello que es y no puede dejar de ser, esté donde esté. Escuche a Siddhartha: “¿Quizá que buscas demasiado y que a fuerza de buscar ya no encuentras? Cuando alguien busca suele ocurrir que sus ojos solo ven aquello que anda buscando, y ya no logra encontrar nada ni se vuelve receptivo a nada porque solo piensa en lo que busca, porque tiene un objetivo y se halla poseído por él. Buscar significa tener un objetivo. Pero encontrar significa ser libre, estar abierto, carecer de objetivos”.
  3. Viaje sin etiquetas. Disfrute de la aventura que supone conocer. No intente definir sus desplazamientos como viaje “de trabajo” o “de placer”. Haga que de esta última expresión la única y deléitese en cada ciudad sin nombre.

 

“Y si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”.

Javier Velaza

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